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viernes, 7 de enero de 2011

¿Corazón o cabeza?

A veces siento que clamo en el desierto. La soledad del corredor de fondo, la llaman. Y es entonces cuando, tratando de serenarme, acabo por reconocer que el gusto por escribir, cuando deriva –por arte de enajenación mental transitoria– en ansiedad por comunicar, es fruto de una alteración básica: el miedo a que no haya nadie al otro lado, a no recibir la necesitada atención. A muchos bloggers en general les pasa tarde o temprano y, por extensión, a todo el que tiene una profesión u ocupación con un área de influencia notable de la que ha acabado volviéndose dependiente, adicto.

Una vez alcanzado el estado de consciencia en el que la existencia de un agente perturbador –que hemos convenido en llamar 'ego'– ya no es cuestionable (el mérito de alcanzar esta frontera es grande y supone un 'renacimiento') el gran dilema consiste, esencialmente en discriminar entre cabeza y corazón a la hora de enfrentar una disyuntiva, a la hora de tomar una decisión.

Constantemente tomamos decisiones. A diario nos enfrentamos a situaciones que requieren de nosotros que nos posicionemos. Y no solo se trata de decisiones del tipo té o café; playa o montaña; bikini o bañador; Real Madrid o FC Barcelona; El País o El Mundo; Derechas o izquierdas; soy omnívoro o me paso al vetegarianismo; me caso con tal o cual pretendiente. Muchas veces la disyuntiva se es más 'existencial', del tipo me caso o no me caso; decido ir este año de vacaciones o no; salgo de casa hoy o no; me considero racista o no; decido quererme y regalarme un fin de semana en un spa (porque me sale de los cojones/ovarios = me lo merezco) o me lo niego en redondo, y justifico inmediatamente esa decisión acusándome de despilfarrador e irresponsable (y de paso me consuelo sabiendo que mis vecinos del 3º tampoco han podido irse a esquiar a La Molina –como tenían acostumbrado–el pasado puente de la Constitución).
Este último tipo de decisiones son las que nos colocan más afinadamente en la frontera donde habita el discernimiento, la capacidad de optar entre cabeza y corazón. Es una muy delgada linea. Me dice un amigo que es fácil discernir lo 'correcto' de lo 'incorrecto': depende de las intenciones. Si la intención es 'buena' entonces escoges desde el corazón. No lo tengo tan claro…

Me contaron un día que Remedios, una chismosa mujer del vecindario, tuvo conocimiento de que el marido de Fina, su íntima amiga y vecina, le era infiel con una joven subordinada y compañera de trabajo (recién llegada de un país del Este y con la necesidad de abrirse paso en la empresa –ante la perspectiva de verse prescindida– al precio que fuese) en la empresa de telecomunicaciones.
Inmediatamente 'Reme' decidió (quizá ni siquiera se planteó hallarse ante una posible disyuntiva) que decirle 'la verdad' a su amiga' era lo correcto. Era una buena acción. Tiene que saberlo. Eso es bueno para ella. Las injusticias deben ser reparadas. Incluso llegó a creerse que, de estar ella misma en el lugar de su amiga, desearía ser notificada de inmediato. La ignorancia es mala compañera de camino, y estar al corriente del engaño de su marido, le permitiría tomar las decisiones oportunas. Remedios era viuda, y llevaba sola 12 años desde que un accidente de carretera le 'quitó' a su marido.
Lo que Reme ignoraba, es que su amiga, en silencio, había estado asistiendo a clases de osteopatía –su verdadera vocación, a la que había renunciado al casarse para criar a sus hijos–, y que se hallaba próxima a obtener su titulación, algo que posiblemente le proporcionaría una satisfacción personal nunca antes experimentada (algo que deseaba compartir con su marido), amén de una autonomía financiera indudable. En la balanza de las decisiones, la aparente buena intención de Reme pesó considerablemente.
Fina, al enterarse de la verdad, abandonó sus estudios (ante el estupor de sus maestros y compañeros) y se sumió en una depresión, que no hizo sino acelerar el proceso de separación de la pareja con el consiguiente descalabro emocional para los dos pequeños. Lejos de obtener el esperado premio, consistente en el reconocimiento, agradecimiento y esperado acercamiento de su amiga, Reme, acabó presenciando el definitivo distanciamiento de su amiga, quien, sin muy bien saber (ni querer) explicárselo, había visto a su amiga como la culpable de todo el caos que se había desencadenado en su vida. Y no le faltaba razón. La amante húngara del marido de Fina, se encaprichó pronto de alguien con un rango superior en la empresa que podría ayudarla a posicionarse mejor en el escalafón, y él, víctima de sus adicciones afectivas, pasó de ser el manipulador de la situación en la que dos mujeres dependían afectivamente de él, a verse completamente solo, con unos inesperados horarios de visita a sus hijos, dictaminados por un juez, que lo habían hundido en la desesperación. Lo paradójico es que Fina seguía queriendo a su marido. Ella le prefirió, de novios, por delante de otros pretendientes, más solícitos, pero con menos 'chispa', más…buenos chicos. Había pensado darle una sorpresa: demostrarse a si misma (y demostrale a él) que no era la mujer dependiente, sumisa y sin iniciativa, el corderito del que él se 'enamoró' hacía 15 años (pero que él había llegado a menospreciar con el paso de los años): Demasiado tarde. Reme se encargó de poner fin a esa posibilidad con sus 'buenas intenciones'. La separación fue seguida de una demanda de divorcio y una orden de alejamiento debida al acoso que su ex-marido, incapaz de aceptar los acontecimientos, había iniciado sobre su ex-mujer. La retirada de la custodia por un episodio de malos tratos, presenciado por uno de los hijos, fue la guinda de este pastel de despropósitos. Fina no ha pasado a engrosar (todavía) la lista de fallecidas por casos de violencia doméstica, pero el susto lo lleva grabado en el alma.
Quizá las horas de ese matrimonio estaban contadas…o quizá no. Eso nunca lo sabremos, porque Reme se encargó de precipitar unilateralmente los acontecimientos. Mientras permanezca inconsciente de los verdaderos motivos y de la repercusión de su intervención puede dar por seguro que a su karma ha quedado vinculado este acontecimiento que deberá experimentar en sus propias carnes (a la inversa) para que despierte a las motivaciones reales que subyacen bajo sus actos.
De buenas intenciones, ya lo dice el refrán, están llenos los cementerios…

El asunto de la existencia de la consciencia, tan extendido afortunadamente ya, en muchos foros públicos o en conversaciones familiares o de pareja, suele ser abordado desde la disyuntiva 'corazón/mente' que he mencionado arriba: mucha gente insta, desde la mejor de las intenciones, a todo el que se interese en el tema, a decantarse sin dudarlo por los genuinos anhelos del corazón, y rechazar las trasnochadas actitudes EGOístas, apelando incluso a la intemporalidad y eternidad de nuestra verdadera, amorosa, alegre, armónica y compasiva esencia, aquello que perdura de nosotros más allá de esta existencia terrenal una vez que la vestimenta que constituye cuerpo físico deja de ser funcional.
Me recuerda demasiado a los consejos que recibía en el colegio acerca de lo adecuado de 'portarse bien' con todo el mundo y no ser 'malos'. Hay que ser bueno con papá y mamá, con los profesores, con los hermanos, con las visitas, con TODO DIOS, en definitiva. Con todos salvo con uno mismo, por supuesto: curiosamente nadie mencionaba la posibilidad de que uno mismo pudiese ser objeto de amor propio o siquiera ajeno (no seas egoísta; masturbarse es malo –te deja ciego–; primero los demás y después uno mismo). Eso quedaba claramente sentenciado por medio de toda clase de juicios, consejos, indicaciones, reglas, y formalismos que, desde la mejor de las intenciones, los mayores procuraban calzarnos con todo su empeño. Total, que tras una vapuleada infancia en la que todo parecía contravenir nuestras más básicas necesidades (necesidades etiquetadas, por supuesto, como insanos egoísmos) llegábamos a la adolescencia con la sesera a punto de reventar a base de embutirnos en tantos corsés que nos habíamos obligado a asimilar (so pena de fenecer en la resistencia). A fuerza de ser bombardeados con toda la pléyade de juicios de valores que sin duda no dimanaban de ninguna autoridad ecuánime ni equilibrada (ni hablar de amor, ese gran tabú que nadie ha querido explicarnos) evidente, sino de un caudal de paradigmas mentales heredados, generación tras generación, que en última instancia estaban radicados en una fuente primordial e incuestionable: DIOS.

Tanto se han empeñado en convencernos de que existe un tipo al que llaman Dios, que nos 'ama' pero que –paradójicamente– no está más que lleno de juicios, reproches, constantemente decepcionado por nuestras faltas (pecados los llamaron), tanto han insistido sus pretendidos representantes en la Tierra (como si tal categoría profesional fuese necesaria), acerca de nuestra insistentemente decepcionante actitud con respecto a las expectativas divinas depositadas en nosotros, sus amados hijos, que no es en absoluto extraño que hayamos llegado a renegar de su existencia, desquiciados completamente por una vida cuyo sistema socio-económico nunca acaba de 'casar' con la amorosa y magnánima naturaleza de nuestro 'creador y benefactor. Algunos han llegado a parodiar a ese mismo Dios, ofreciendo a todos los desencantados un argumento muy válido desde el que sostener su agnosticismo.

Muchos son los apóstoles que predican la aceptación del aquí y ahora. Muchos hablan de que la 'salvación' habita en el disfrute del momento presente, sean cuales sean los parabienes o calamidades que el instante tenga a bien regalarnos. Incluso te invitan a comprender que todo lo que te rodea, la realidad que presencias, es producto de tu creatividad y que estás capacitado para ejercer dominio sobre ella. Pero pocos son los que ofrecen una respuesta (ni un mínimo de consuelo) a la irrefutable certeza de que cada uno de nosotros atesora una respetable colección de adicciones o actitudes compulsivas que gobiernan nuestro rumbo, y que nos convierten en inconscientes manipuladores (no creadores conscientes) de las circunstancias que nos rodean. Adicciones alojadas cómodamente en es parte oscura de nuestra psiquis que pocos se atreven (o están capacitados) a mencionar y ante la tiranía de la cual nos sentimos impotentes.

Los paladines de la llamada Nueva Era parecen predicar una 'huída hacia adelante' en virtud de la cual todos tenemos el derecho a concedernos todo lo que alguien externo a nosotros (padres, maestros, parejas, etc…) nos ha arrebatado o quizá tan solo impedido que recibamos. Y si bien nada de lo que se dice con ello es falso, se dejan en el tintero una parte primordial del enunciado. ¿Cómo gestionar las emociones acumuladas, tras años y años de esclavitud mental, que agolpadas una sobre otra, necesitan imperiosamente pero paulatinamente ser evacuadas, para reestablecer el equilibrio interno? ¿Y qué hay de los niños? ¿Sabemos ayudarles a administrar la natural catarsis de sus propias emociones o seguimos tratando de detener su llanto cuando experimentan sus propios estallidos de incomprensión?

Decir que el amor es todo lo que uno/a necesita es una afirmación que actualmente oscila entre ser ridiculizada (algo a lo que tristemente han contribuido programas televisivos destinados a sentimentalizar el tema desde la perspectiva afectivo-emotiva de las relaciones exclusivas de pareja) e incomprendida.

¿Qué es lo que REALMENTE impulsó a Remedios a decirle la verdad a su amiga? ¿Qué adicción (necesidad no satisfecha) se ocultaba realmente tras esa 'buena intención'? Ese, y no otro, es el freno de mano que está atascado en el vehículo de nuestra civilización occidental y para el que pocos se atreven a ofrecer una solución (o tan siquiera señalar).

Atreverse a enfrentarse con el caudal de las necesidades insatisfechas y atascadas desde que fueron reprimidas, abriendo conscientemente el grifo de las emociones, y reconociéndose uno con todo lo que es, cocreador del cosmos. Eso es amor.



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