martes, 28 de diciembre de 2010

generosidad, sí, pero ¿hasta dónde?

Si eres –como uno de los comprometidos usuarios de nuestra red de favores– una de esas personas que consideran que dar, es la única vía válida para crear paz y dar sentido a la existencia en este planeta, este artículo puede ayudarte a comprender esa vía de actuación desde una perspectiva nueva.
Todos sentimos, ahora más que nunca, que este mundo no es precisamente lo que se llama un foco de armonía y paz, cualidades que se supone debe atesorar toda sociedad o asociación. Sin entrar en detalles que podrían hacernos perder la adecuada perspectiva, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos, que si una vez el mundo fue un lugar de amor y paz, actualmente las cosas están (cada vez más) en las antípodas de ese ideal.

Paradójica y felizmente, ahora más que nunca están polarizadas las facciones que representan, por una parte a aquellos que se sienten perdidos y desamparados ante tanto caos y calamidad socio-político-financiera y por otra a los que sienten intensamente una fuerza interna, que les susurra que todo irá bien y que lo mejor que se puede hacer mientras el caos dure, es sacar a relucir su generosidad, algo que ninguna autoridad les puede arrebatar.

La filantropía –término acuñado por el emperador Flavio Claudio (323 dC), significa básicamente 'amor por el ser humano'. Ya sea aplicada desde sociedades con una meta consensuada, o desde la iniciativa individual, la filantropía constituye sin duda una actitud y actividad muy loables. Sin embargo es necesario hacer una serie de matices en previsión de los malentendidos y decepciones que se experimenten en el ejercicio de la generosidad desinteresada.

Es importante remarcar que la iniciativa individual, en este aspecto, ha crecido porcentualmente mucho desde la década de los 60 en el pasado siglo.
Por diversos y variados motivos, muchas personas han adquirido un elevado grado de compromiso hacia proyectos solidarios que han nacido a lo largo y ancho del globo desde que la era de las telecomunicaciones masivas y los medios de transporte han reducido las distancias entre los habitantes de la Tierra. Han tomado 'conciencia' se dice.
Agrupaciones como Unicef, Manos Unidas, Médicos sin fronteras, Greenpeace, Save the children, cáritas, etc…muchas bajo el auspicio de gobiernos, organismos o corporaciones internacionales, han poblado y siguen poblando la oferta humanitaria, de modo que quien desee dar salida a su voluntad de 'aportar su grano de arena' no tenga excusa a la hora de realizar su elección.
Dejando de lado para otro foro la polémica que muchas de estas organizaciones despiertan, y las más que dudosas intenciones especulativas que subyacen bajo un manto de altruista benefacción, conviene aportar un foco de luz hacia la intención que toda persona de supuesta buena voluntad alberga a la hora de adherirse a tal o cual ONG o proyecto humanitario.

De intenciones quisiera hablar esta vez.
Quien más quien menos se ha ofrecido alguna vez –si es que no lo tiene por asumida costumbre– a hacer un favor a alguien que estuviese en una determinada necesidad. Incluso hay quien todavía se brinda sin existir solicitud previa por parte del sujeto favorecido, muchas veces impulsado por condicionamientos sociales (algunos ya en evidente desuso) transmitidos y heredados inconscientemente, tales como la galantería o las buenas formas, motivados seguramente por un interés tribal oculto en obtener una pseudo-retribución en forma de correspondencia afectiva (que no siempre llega a producirse). Más perversamente existen motivaciones soterradas de endeudar emocionalmente al gratificado, anclándole en un cierto grado de dependencia, como consecuencia de la asunción de una energía francamente perturbadora como es la culpa. Lo hacen los gobiernos y los organismos supranacionales con sus campañas mediáticas…¿por qué habríamos de estar libres de tal tendencia los individuos? A fin de cuentas las dunas están compuestas de granos de arena…

Un día, comentando el asunto de los bancos de tiempo, Raúl, un amigo peruano que tengo en alta estima, me dijo que "para poder dar hay que tener". Reconozco que tal aseveración me dejó algo tocado, pues en su evidencia no dejaba aparentemente lugar a duda acerca de algo tan evidente como que una esponja seca no puede ofrecer agua, y si lo intenta, no solo verá su intento frustrado, sino que estará ocultando un interés en recibir el agua de quien justamente se suponía que iba a abastecer.
"Para poder dar, antes hay que tener…" y se despidió dejándome la miel en los labios, sin opción a contrarrestar ese argumento (lo cual agradezco porque carecía entonces de la suficiente capacidad de discernimiento para ofrecer un contraargumento). Y sin embargo algo me decía que había una respuesta más sutil a una exposición tan cartesiana de los hechos. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Algo fuera del dominio de la lógica intelectual debía flotar por ahí porque desde entonces me propuse demostrar lo que intuitivamente sentía: que dar es el primer paso para recibir.

La clave para la respuesta a ese dilema apareció cuando llegó a mis oídos la historia (real o ficticia, no sé) de una niña que había entrado en una joyería de la ciudad con la intención de hacerle un regalo a su hermana mayor –que estaba a punto de casarse– consistente en un colgante de oro que la futura desposada observaba con anhelo cada día que pasaba por delante del escaparate de camino al trabajo. La pequeña hermana había golpeado y hecho añicos su hucha para extraer de ella los 25 dólares que había acumulado a lo largo de los últimos 3 años, fruto de donativos que recaudó de sus padres y otros familiares. El joyero, conmovido por la intención pura e ingenua de la pequeña, envolvió el colgante (valorado en más de 300 dolares) y se lo entregó. "Me dió todo lo que tenía", argumentó a su esposa cuando ésta –responsable de las finanzas de su marido, le pidió una explicación al ver que la contabilidad no cuadraba.

Lo había dado todo.

Parece que la cuestión es tomar conciencia de que de lo que se tiene se puede destinar algo a dar. De que muchas veces no somos conscientes de lo mucho que ya tenemos y el heredado miedo atávico a 'no tener', producto de una tendencia masoquista a comparar nuestra abundancia con la de los demás (comparación de la que, se mire por donde se mire siempre salimos malparados) nos llega a convencer de que no tenemos lo suficiente para dar.
Y sin embargo no deja de ser cierto que hay que tener para dar. De lo contrario estamos engañándonos (algo a lo que es tan proclive la naturaleza humana) y engañando a quien queremos beneficiar de nuestro pretendido favor. Quien no tiene y no es capaz de afrontar la realidad de su necesidad se está haciendo un flaco favor a sí mismo y a su entorno. Alguien así tiene que haber sufrido mucho para desear 'darse' cuando en realidad no tiene más que necesidades. De producirse finalmente el autoengaño, las consecuencias (en forma de malentendido, suspicacias, reproches…) no tardan en pasar factura. 'La mona, aunque se vista de seda, mona se queda', reza un refrán.

Por ello, antes de dar rienda suelta y desmedida (!) a la generosidad, conviene sopesar las motivaciones reales que nos empujan a aparentar ser 'el chico o chica buena' que todos (especialmente mamá o papá, aunque ya no estén presentes) quieren ver (o en el que uno mismo desea genuinamente convertirse). Tras esa pseudo-generosidad se ocultan emociones atascadas (abandono, desamparo, tristeza, rabia…) que no están teniendo la adecuada y sana catársis que periódicamente precisan.

Ser capaces de –y atreverse a– sondear responsablemente las posibles 'trampas' que el ego revoltoso ha urdido desde esa parte de la Psiquis que no es gobernada por la mente consciente, es el mejor remedio para liberar genuinamente las intoxicadas células y conectar con la auténtica generosidad que la niña del ejemplo anterior expresó.

Amar sin prostituirse, ofrecer esa mano solicitada sin permitir que te arranquen el brazo…¿Un reto demasiado complicado?
Que ello no te desmotive, sino que se convierta en esa motivación añadida para destronar (ojo no destrozar) al tirano que llevas dentro. El mismo que, libre de límites y apoyado en tu inconsciencia acerca de su real existencia, ha campado a sus anchas, sembrando irresponsablemente tu paso por la vida de caos y dolor.
¿Cuántas veces has herido a quien se suponía que más querías? ¿Cuántas lágrimas has derramado por haber obrado inconscientemente? ¿No es acaso ya hora de empezar a agarrar la sartén de tu vida por el mango? No es necesario que esta secuencia de acontecimientos, en apariencia caóticos y desdichados, se reproduzca eternamente. No tienes por qué continuar lamentándote de tus desgracias. La vida no fue concebida para esto. Existe una 'salida' que nada tiene que ver con el suicidio.
Quizá la clave sea volver a ser los niños que un día fuimos. Ellos son capaces de reirse con los demás (no 'de' los demás) y consigo mismos de las circunstancias.

Hemos transitado por un ciclo completo de evolución, y ahora, en el momento de regresar 'a casa', nos toca recobrar la inocencia perdida desde una nueva perspectiva. La que nos otorga la maravillosa experiencia de haber vivido aquí, como humanos. Un ciclo que se completa, no como un círculo que se cierra, sino tan solo como final de una de las fases de una espiral evolutiva ascendente…

2 comentarios:

  1. hOLA TU ME HAS CONTESTADO O QUE OCURRIO ,PUES EN FB HAN SABIDO DE MI CORREO ¿hAS SIDO TU?
    dIME ALGO.
    gRACIAS

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