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miércoles, 18 de abril de 2012

El fin del espejismo




Fantástico y valiente discurso el de esta mujer. Qué bueno que haya cada vez más gente capacitada y con el coraje para comunicar la única verdad que existe detrás de todos los disimulos.
Tan solo apuntar que, estas alturas, ya se está cuestionando que la vida intrauterina haya sido ese 'perfecto paraiso' al que alude Laura Gutman. Arthur Janov, en su reciente y muy recomendable libro "Life before birth", deja claro que los meses previos al alumbramiento no solo no fueron ese remanso de paz para muchos niños antes de nacer, sino que en muchos casos muchas de las enfermedades adultas (Alzheimer, Parkinson..) tienen su germen en vivencias traumáticas acaecidas en estadios pre-verbales, in utero.

¿Cobijo permanente? Sí, obviamente…¿Ritmo cardíaco estable?¿Alimento sin restricciones? ¿Amor incondicioal? Eso ya es más dudoso...
Un embarazo no deseado, por ejemplo, no solo deja secuelas en la madre sino también en el Ser al que físicamente aloja en su vientre. La desconfianza de las mujeres embarazadas acerca del futuro acceso de su vástago –y de ella misma– a los recursos vitales (alimento, cobijo, salud, dinero, trabajo del padre, el miedo al porvenir…), deja secuelas de estrés en el no-nato que perduran más allá del alumbramiento. La ansiedad de la futura madre por la pérdida de figura (debida a los innegables cambios hormonales que va a experimentar) y el consecuente miedo a sentirse rechazadas por sus parejas por dicho motivo (signo claro de un agravio afectivo notable arraigado en la infancia), es, por ejemplo, motivo más que sufíciente para inocular estrés en el feto. ¿Cómo? Aplicarse a una dieta no acorde con las necesidades del metabolismo de la madre afecta al ser que cobija en su vientre, restringiendo la ingesta de nutrientes esenciales y, por tanto, inoculando al futuro niño temor y desconfianza en la provisión de alimentos en la futura vida 'exterior'.

Basta. Estoy cansada de sentirme culpable.

– Te comprendo. Todos estamos cansados. Todos cargamos innecesariamente con la losa autoinpuesta de la culpa. De hecho esa energía de culpa te la inoculaste para darle un sentido al caos afectivo experimentado en la infancia. Quizá tus padres no te dijeran que tenías la culpa. No con palabras. Pero hay muchas formas de hacer sentir culpable a alguien...un gesto de desaprobación, un silencio, un desdén. Al no prodigarte el amor que esperabas, al abandonarte cuando más lo necesitabas (o atosigarte con falso amor –apego– adulándote quizá en exceso, llegaste a convencerte de que...


1. O bien "tenías la culpa" del desorden afectivo (ergo mental) que desencadenaba su incapacidad para amarte (algo "malo" tenías que haber hecho ( o dejado de hacer) que justificase el abandono a que eras sometid@. Eso es lo que hacen las crías humanas cuando no reciben lo que por naturaleza es suyo (contacto físico, dedicación desintersada...etc.).


2. O bien compraste su perspectiva desproporcionada de ti, un cuadro cargado de expectativas suyas con el que te 'estrellaste' al salir del nido. Te barrieron todos los obstáculos de enmedio para que no te hicieras daño. En realidad temían su propio dolor al verse reflejados en tu dolor. No te dejaron tropezar. No te dejaron aprender.

En cualquiera de los casos nunca fueron ecuánimes contigo. No supieron transmitirte que estabas incluido en un mundo rico y respetable en función de su diversidad. Que para convivir en paz no hay que se pretender ser más (ni menos) que nadie. Que todos tenemos un lugar en el mundo. Que no se trata de competir sino de compartir...Ahora lo sabes y quisieras hacer 'borrón y cuenta nueva' pero tu ira, esa emoción natural, contenida desde entonces, pedía ser descargada y a fe que así ha sido: la han pagado los que te sucedieron y te rodean. Y así has cooperado en el atasco emocional del mundo. Tu visión al obrar así está anclada en los miedos. O eras una mierda sin valor, o bien tenías que ser su salvador, el elegido. Desde entonces te has sentido culpable o perdido tratando de retrobar tu centro. Pero como has borrado intencionadamente de tu memoria el recuerdo de los motivos que te condujeron a maltratarte asi (a las ya exhaustas endorfinas te has visto obligad@ a añadir aditivos anestesiantes o estimulantes externos), no crees que exista tal centro y mucho menos que sea alcanzable.

Lo que sí has podido constatar es que desde entonces has ido alternativamente escupiendo fuego o permaneciendo ajeno al mundo por donde quiera que la situación se asemeje al amenazante contexto del que huyes desde tu llegada a este mundo. En ambos casos has sufrido y has colaborado al sufrimiento ajeno. Te creíste la máxima que acuñó T. Hobbes "Homo homini lupus" (el hombre es un lobo para el hombre). Todos nos los hemos creído. Era 'lógico". Los hechos lo demostraban día a día. Eran constatables.


« Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”


Zambullidos en la espiral de rencor, desde entonces vamos exigiéndole, más o menos conscientemente, a la vida que nos tribute con aquello que nuestros padres no supieron darnos. Y si no lo obtenemos por las buenas, lo arrebatamos por las malas. Por eso estamos tan enfadados cuando las cosas no salen como esperamos.


– Dame una solución a este sinsentido o deja de hablar. ¿Cómo se detiene esta espiral viciosa?


– Con responsabilidad. Entiendo que no te guste conocer la verdad. La verdad duele, pero asumir la responsabilidad de sentir el dolor es el único camino para la sanación. El miedo al dolor es un salvoconducto seguro al sufrimiento.

Sí, es cierto. Fuimos sometidos a estrés en la infancia, cada uno en su medida. Después y antes incluso del parto. Desde entonces vamos revestidos de una coraza protectora. Esa armadura de rígidas creencias heredada y de la hablan las constelaciones familiares. Una armadura que con el tiempo acabó oxidándose y dificultando la capacidad de adaptación a nuevas circunstancias, al cambio. Presenciaste toda una suerte de artimañas defensivas (no necesariamente con palabras, como dije, sino las más de las veces con actitudes) nada más nacer: "este mundo es una jungla peligrosa y que hay que prepararse para lo peor". Y cuando se teme lo peor, lo peor ocurre...(Ley de Murphy, que no es otra forma de denominar a la llamada ley de atracción).

Aprendemos pronto que es mejor no sentir. Y para no sentir, qué mejor que no tocarnos. Mejor pensar, pensar y pensar, analizar, analizar...

"Estudia mucho. Se un hombre/una mujer de provecho. Lábrate un futuro. Sé obediente y mamá te querrá...No molestes ahora, que Papá está ocupado. Sé como tu hermano, míra tu prima que bien lo hace, podrías ser como ella...No se lo digas a nadie, será nuestro secreto...", bla, bla, bla...

Crecemos evitando al otro, desafiándonos mútuamente en la firme creencia que los demás son una amenaza, incluso antes de haberlos conocido, porque tenemos miedo. Y el miedo está perfectamente fundamentado, como bien dice Laura Gutman, no en el presente, sino en el abandono sufrido en la infancia. Pero lo hemos olvidado voluntariamente. Hemos puesto un cerrojo al pasado. Sin embargo ese pasado insiste y persiste en llamar a nuestra puerta. Es su sino. Como el de los cadáveres lanzados al fondo de un lago que pugnan por salir a la superficie. Y lo hace en las situaciones presentes, en el entorno personal. En realidad nosotros mismos nos pasamos la vida tratando de dar salida al caos, buscando inconscientemente claro, situaciones que lo desatasquen. Por eso tratamos de regresar siempre a la escena del crimen. ¿Cómo? Escenificándola...buscándonos (las mujeres) un hombre que claramente se asemeje a nuestro padre (violento, ausente, soñador, etc..) o alguien que aparente estar en las antípodas (aunque finalmente, tras el fin del juego de la seducción, revele haber portado una máscara). Para los hombs lo mismo. En cualquier caso siempre aflora la decepción porque él o ella no van a cambiar. En realidad no están ahí para eso sino para restaurarte la memoria y ayudarte a enfrentar el pasado, para ayudarte a limpiar esa habitación oscura que es tu infancia.

Todos ejercemos de maestros sin darnos cuenta de que estamos permanentemente proyectando nuestros miedos al exterior en función de la 'plantilla', el patrón de la experiencia vivida de pequeños en nuestro reducto familiar. Lo que más detestamos en nuestra pareja o lo que menos toleramos de nuestros hijos es en el fondo precisamente aquello que más nos avergüenza de nosotros mismos.

Somos hijos de la desconfianza. Vivimos parapetados detrás de personajes, máscaras prestadas de nuestros ancestros. Y las máscaras, a fuerza de no quitárnoslas ni para dormir, quedan adheridas. Nos protegen de la hipotética amenaza del entorno. Y esa utilidad las convierte también en armas de destrucción (masivas?)


Dicen los expertos que huimos del sufrimiento, que nos drogamos consumiendo. Pero consumir es natural, inherente a cualquier ser vivo. Consumimos oxígeno, recursos naturales. Tenemos que vestirnos, viajar, comunicarnos, jugar...consumimos energía practicando deporte, en el disfrute de la sexualidad,...Lo que ocurre es que cuando ha habido abandono, cuando no ha habido amor en los instantes que más falta hacía, consumir pasa a convertirse en una adicción. Es entonces cuando el deporte se convierte en competición y asume factores de riesgo. El juego sexual natural en necesidad compulsiva, etc...

Huimos de enfrentar el dolor de los sentimientos heridos buscando compulsivamente cosas y situaciones que nos mantengan anestesiados, aunque sea simbólicamente, anclados por un instante, a un sucedáneo del remanso de paz original...

La paz original...ese concepto que vagamente ubicamos en nuestra consciencia, pero para el que no hallamos definición. Laura Gutman menciona ese remanso vinculándolo a la fase vital de la vida intrauterina. Pero ¿Y si ese 'remanso de paz' se hallase mucho antes?. El anhelo que todos tenemos de una existencia sin dolor, sin estrés, una existencia sin límites físicos, sin fronteras, sin enfrentamientos, sin odio, sin manipulaciones, sin ocultaciones, sin mentiras, sin dualidad, está arraigado en el vago recuerdo de una dimensión reconocida de la existencia, a la que pertenecemos. Una dimensión digamos que 'distinta' a la que experimentamos en este mundo, de la que provenimos antes de 'nacer' y a la que regresamos cuando traspasamos el umbral de esta experiencia, momento en que un experto de bata blanca certifica que nuestras funciones vitales (físicas) han cesado. MI padre me dijo, en su lecho de muerte, 'No te preocupes, regreso a casa'. La Dra. Kübler-Ross informa de multitud de afirmaciones similares comunicadas en el lecho de muerte.


No huimos del sufrimiento, sino del miedo al dolor. Sufrir es lo que hacemos permanentemente en nuestra huida. De ahí el estado de permanente anestesia (amnesia inducida) que nos provocamos. De ahí la compulsión por la hiperactividad. Por estar permanentemente ocupados. Haciendo (y/o pensando) lo que sea. Y en nuestra huida arrastramos a todo el que se ponga en nuestro camino (hijos, pareja, mascotas, …). Son los que tienen más números para pagar "los platos rotos" de nuestra infancia, del mismo modo que nosotros pagamos los platos rotos de la infancia fracasada de nuestros padres. Huimos frenéticamente del dolor al desamor, del dolor al desamparo, a la incomprensión por no haber sido recibidos con amor…

Amor, esa palabra que a tantos avergüenza pronunciar. Amor es lo que somos. Todos lo sabemos. Y lo sentimos, aunque solo seamos capaces de asumirlo en momentos 'especiales', especialmente cuando vemos nacer un hijo.
Más allá de nuestro sexo físico, de nuestra raza, color, credo, titulacion académica, experiencia profesional, somos amor. Simplemente lo hemos tapado con miedo. Un miedo heredado, que nosotros mismos nos hemos transmitido unos a otros, generación tras generación, desde los albores de los tiempos. La cadena de dolor se remonta probablemente hasta el advenimiento del Homo Sapiens Sapiens, esa rama de los homínidos que súbitamente aparece en escena hace alrededor de entre 30 y 26000 años, y que los registros sumerios testimonian en las tablillas de arcilla grabadas con textos cuneiformes.

Es quizá hora de rememorar nuestros orígenes. Ahora es el tiempo. Es probablemente nuestra Responsabilidad para con las generaciones futuras. Hemos de superar a Darwin. Concluir que somos más que un cuerpo físico no es más que reconocer que somos emoción, que la mente no está alojada físicamente en el cerebro ni que se extingue con la muerte física. Somos un Espíritu en definitiva que engloba todo eso y que, desde su eternidad, sabe que está experimentando voluntariamente lo que llamamos la condición humana. Somos espíritus eternos, ingrávidos y gentiles, aprendiendo a experimentar desde la densidad. Es algo que nosotros mismos hemos decidido desde estadios de existencia...'diferentes' a éste. Todos hemos salido de ese gran vientre que es la eterna Unidad y fuimos paridos físicamente por la misma madre Tierra, la verdadera madre que tanto a hombres como a mujeres nos ha cobijado


"Nunca es más oscura la noche que instantes antes de amanecer".

Esta noche que estamos viendo ahora es especialmente oscura. Todas las estructuras que iluminaban la ilusión con sus flashes y neones artificiales están cayendo por su propio peso. Todos los esquemas y aprioris que dábamos por sentado, se están revelando como lo que realmente han sido: espejismos. La verdadera vida es lo que se está abriendo paso, saliendo finalmente a la luz una vez que el cascarón paternalista izquierdocerebral que nos cobijaba –pero también nos asfixiaba–, está derrumbándose inexorablemente. El mismo sistema de convivencia se está dando por finiquitado. Y no hace falta ayudarle en su ocaso. El feudalismo no terminó con la lucha de clases, sino ahora. La decisión es nuestra de seguir anclados en actitudes de enfrentamiento o asumir la independencia y consecuentemente la alegría de recordar que somos seres eternos, sin mácula ni fallo, perfectos en nuestros orígenes.

– ¿Y si la rabia persiste?

– Y si la rabia persiste, debemos liberarla. Nos despojamos de toda vestimenta que nos ate a energías emponzoñantes (rencor, miedo, rabia, angustia, vergüenza, pereza…) y SENTIMOS las emociones que ese proceso conlleva mediante la catarsis. Tu decides el entorno en que esa catarsis sanadora se produzca. O en las barricadas frente a la sede de un organismo público, en un estadio de futbol, en un atasco de tráfico, en una discusión por la custodia de los hijos, en un concierto de heavy metal, al borde de un acantilado o en la intimidad de una habitación insonorizada en compañía de un alma comprensiva. En el último caso no hay ningún riesgo de consecuencias para tu karma. En los demás deberás sopesar los riesgos.

Cada cual es libre de seguir su camino. No existe la esclavitud. Todos tomamos decisiones libremente. Y el sufrimiento es la consecuencia de negarse a soltar el registro del pasado en el inconsciente. Recuperar la consciencia de que somos libres nos otorga la inmediata capacidad de salir de la rueda del karma, de la llamada 'Ley' de causa y efecto que no es sino una costumbre. Un nuevo capítulo de la historia de la humanidad está por escribirse.


Dejar atrás el pasado exige la responsabilidad de abrir ese baúl de los recuerdos cerrado con la llave del olvido y conectar con todo el dolor reprimido y…sentirlo. La consecuencia será sacudirse el fatal abrazo del intelectualismo. La era de la razón, del intelecto ha concluido. Ha muerto por sobredosis. Estamos naciendo a la era del corazón. Llega la Era del volver a sentir. Eres libre de expresar tus sentimientos. No tengas miedo. No hay nada que temer. Tu fuerza tu coraje radica en el rescate de tu Corazón como timón de tu nave, no en la batalla. Cuanto más corazón, más fortaleza, más valentía, más coraje. Deja la vergüenza atrás. Discúlpate a ti mism@ por haber permanecido sord@ a tu voz interior, a tu niñ@ herid@. Recupera tus sentimientos de la consigna del teatro de la vida donde los entregaste para poder encajar en este valle de lágrimas. El escenario se cae en pedazos. ¿No querrás quedar atrapado en los escombros, verdad?

Un mundo más justo solo es posible desde el amor, desde el corazón. Somos lo mismo.

Te amo. Gracias



 

 

 

 

 

 

lunes, 16 de abril de 2012

Laura Gutman. Territorio emocional

Entrevista con Víctor Hugo Morales:
Una entrevista definitiva. Puro oro en palabras. No dejes de escuchar esto antes de abandonar este mundo...





De eso se trata, de compadecerte de la niña/niño que fuiste. Y esa con-pasión implica re-vivir un dolor esquivado durante décadas. Revivir para dejar de esquivar y aceptar, permitir que la emoción aflore y deje de ser un foco de represión.



El 60% de las mujeres adultas han sido niñas abusadas sexualmente en alguna medida por adultos de su entorno más cercano. Los hombres, el 40-45%.










"De los 192 países miembros de la ONU, 18 solamente han prohibido pegar a los niños. En los Estados Unidos hay todavía 20 estados donde están autorizados los castigos corporales en la escuela primaria y también sobre los adolescentes." [...] "la violencia ejercida sobre los niños conduce a la violencia global que reina en el mundo entero, sobre todo si se empieza a pegar a los niños en los primeros años de su vida, justamente en el momento en el que se construye su cerebro. Incluso si las consecuencias escandalosas son evidentes, la sociedad no las percibe y aún menos las tiene en cuenta. Ahora bien, la situación es fácil de comprender: los niños no tienen derecho a defenderse de la violencia de sus padres y están obligados a suprimir y reprimir las reacciones naturales a la agresión de sus padres como la cólera y la angustia. Sólo siendo adultos pueden descargar esas fuertes emociones sobre sus propios hijos. En ciertos casos, incluso sobre los pueblos de naciones enteras." La omisión de este razonamiento sobre la infancia por la sociedad ocasiona en los niños, en la oscuridad familiar comportamientos extremadamente peligrosos como la brutalidad, el sadismo y otras perversiones, que nos gusta denominar luego, en el adulto como "trastornos genéticos". Es únicamente la toma de conciencia de este dinamismo la que nos permitirá romper la cadena de la violencia. Alice Miller ha desarrollado un concepto de terapia, que propone a las personas que sufren, confrontarse con su pasado para encontrar la angustia del niño maltratado que fueron, sentirla y así liberarse. Es el miedo infantil hacia los padres todopoderosos el que empuja al adulto a maltratar a los niños o a aceptar vivir con graves enfermedades, minimizando totalmente la crueldad de sus propios padres. Son numerosas las proposiciones esotéricas y espirituales que prometen la curación pero en realidad su único objetivo es el de camuflar los terrores vividos durante la infancia.
Alice Miller



manos a la obra

viernes, 13 de abril de 2012

Lo nuestro es pasar...



Un testimonio impactante, sin duda. Los sistemas monetarios han ido y venido a lo largo de la historia. Y es cierto que todo ha sucedido por designio de una élite minoritaria, aquella a la que denuncia el Dr Rath en este revolucionario discurso; una élite que se ha guardado muy bien de permanecer en la sombra, manejando los hilos de las marionetas públicas infladas por egos necesitados de protagonismo. Este discurso 'desde el corazón' deja claro que la alfombra bajo la que se barrían muchas impunidades corporativas está siendo sacudida.
Ha habido voces en el pasado que han clamado en el cielo ante injusticias corporativas. Muchos apelaron a discursos revolucionarios, todos llenos de 'razón'. Sin embargo, lo único cierto que queda tras siglos perpetuando el enfrentamiento y buscando infructuosamente justicia estable es que el juicio es el caldo de cultivo del conflicto.
Más allá de todo el sufrimiento, más allá de toda la incomprensión ante un mundo que llamamos real pero al que no se puede calificar sino de caótico y sinsentido, cuya única fuente de alimentación ha sido la contienda, ya sea dialéctica o física, existe un lugar y un tiempo donde los días nunca se nublan ni la noche desciende sobre él. Tenemos consciencia grabada en nuestro ADN acerca de nuestra perdurabilidad, más allá de esta experiencia en esta dimensión física, no solo como especie sino como consciencias individuales.
Por regla general, los occidentales somos errantes almas en pena tratando de hallar redención, buscando algo que nos redima de todos los errores cometidos. Errores que objetivamente han tenido consecuencias dolorosas a otros semejantes. Buscamos a alguien que nos exonere de nuestra propia condenación por haber sudo malos hijos, malos padres, de la culpa que arrastramos desde la tradición judeocristiana de la que somos inevitablemente herederos. Buscamos alguien que comprenda los motivos de nuestro enfado e irritación. Un hombro sobre el que poder llorar nuestro dolor, un testigo de nuestro sufrimiento, y acabar así con la penitencia que nos imponemos. No pedimos nada más. Generalmente hallamos ese hombro en la figura de una pareja, alguien que llene ese vacío que necesitamos colmar, que nos ame todo lo que no fuimos amados. Es una pulsión vital. Esa persona suele acabar indefectiblemente convirtiéndose, tras muchas decepciones, en el chivo expiatorio, en el cabeza de turco donde vomitar todo nuestro resentimiento. Esta decepcionante insatisfacción es lo que ha conducido a caer en una espiral pseudo-liberadora de pecado-penitencia bajo la atenta mirada de las élites religiosas que manipulan (estimulan y condenan) el flujo emocional de sus 'corderos' reprimido desde la infancia.

Soltar el pasado es todo lo que pedimos para poder empezar a dar. Porque todos conocemos nuestro ingente caudal de generosidad y sabemos que por él pasa la sanación del mundo. Todos fuimos niños llenos de amor. ¿Te acuerdas? Hubo un tiempo en que nada tenía un precio. No había límites ni fronteras. Había tiempo para todo porque no existía el tiempo. Todo empezaba al salir el sol y terminaba con la noche. Simplemente dabas y recibías. Ni te lo planteabas. Probablemente ese tiempo fue demasiado corto, incluso para los que afirman haber disfrutado de una infancia 'feliz'. Otros ni siquiera recuerdan haber vivido eso, demasiado preocupados en tratar de procurarse su propia supervivencia.

Y sin embargo todo cambia cuando alguien te sonríe. Tu día parece más reluciente cuando alguien te dice unas palabras bonitas...'te quiero', '¿has dormido bien?', 'me alegro de verte', 'te echaré de menos', 'he pensado en ti', 'buenos días'...'deja que te ayude'...
Todos tenemos el poder para hacer el hoy más llevadero a un semejante. Tenemos constantes oportunidades. Y más cerca de lo que imaginamos...El rencor, disfrazado de desconfianza, es el único obstáculo.Y es que existe un ilocalizable foco de ansiedad que nos atenaza. Una 'olla a presión' permanentemente a punto de estallar (incluso en las situaciones aparentemente más relajadas). Y esa olla indefectiblemente está vinculada al recuerdo de las vivencias experimentadas en al nucleo más intimo: la familia. Todos nuestros actos están influidos por activa o pasiva en función del impacto recibido en ese entorno. Basta que alguien nos diga algo inconveniente (un gobernante decretando una subida de impuestos, un amigo no invitándonos a una fiesta que ha organizado,...) para colmar y hacer rebosar el vaso, para meter sal en la herida abierta de los sentimientos. Los Los sentimientos heridos, que nos vimos obligados a contener y reprimir para amoldarnos a las condiciones (expectativas, neurosis, necesidades, etc.) particulares de los miembros de nuestra familia, no son sino esa parte de nosotros que tanto escondemos por temor a ser ridiculizados, manipulados, agredidos...por miedo al dolor. Tenemos heridas abiertas que nos impiden sonreir a la vida. Heridas que precisan ser suturadas (cerradas, aceptadas...). Por eso funcionamos en modo 'defensivo'.

La buena noticia es que esa olla a presión llena de resentimiento se puede liberar 'sin salpicar'. No se trata de condenar ni de incriminar a los padres o a los gobiernos/instituciones, como muchos desde el patriarcado temen. Tan solo consiste en hallar el contexto íntimo adecuado para liberar a la fiera encadenada y autodestructiva que nos consume, tapada por la máscara del orgullo que mostramos en sociedad. La fortaleza que tanto nos han alentado ("los niños no lloran, pórtate bien y mamá/papá te querrá,…") es nuestro más frágil baularte y un salvoconducto seguro a la muerte. La crítica coyuntura está poniéndonos contra las cuerdas y con ello los agentes del caos (bancos, corporaciones...) mágicamente están asumiendo e interpretando ese desagradable papel que a todos nos empuja a una situación límite tras la que se encuentra la liberación. Todo está perfectamente ideado para que esa sobrecarga lesiva que contenemos sea liberada en todo aquél que acumule represión. Cuanto más insostenible parece ser la situación, más cerca estamos de la libertad, de la verdadera liberación de cualquier yugo.


La paciencia, el autocontrol, es una actitud de sabiduría solo alcanzable en la misma medida que las emociones han sido liberadas. Y ¿qué son las emociones, sino el natural estallido de incomprensión ante el inasumible derrumbe de estructuras? ¿Y cuándo fue inasumible sino en la infancia? Comprender que este es un momento glorioso de la historia solo puede ser asumido desde la actitud del Buda. Los orientales siempre lo han tenido muy claro. Las artes marciales les han servido de canal de saludable liberación de su olla a presión. La adrenalina que inevitablemente todas las criaturas acumulamos como consecuencia de nuestra interacción en este mundo, pide una vía de escape. Es responsabilidad de cada uno conectar con ese grifo de represión y liberarlo sin involucrar a nadie en el presente.
Es tu mente lo que está en juego. Tu grado de control emocional ante los titulares de los medios de comunicación y tu capacidad de discernimiento ante las mentiras o la ocultación de la verdad determinará tu estado de ánimo y tu posición ante los eventos que globalmente se están desencadenando. Recuerda que la historia está escrita –por tu bien, dicen– con mentiras y represión. Todo esto tiene más que ver contigo de lo que imaginas...
Todo pasará,…salvo el resentimiento.



martes, 10 de abril de 2012

Liberar el sufrimiento

Dentro de todos nosotros hay dolor. Muchos quisiéramos 'regresar a casa con nosotros mismos' y quedar libres del sufrimiento que arrastramos, pero nos negamos a tomar contacto con la fuente del mismo, el dolor que hay dentro de nosotros. Tenemos miedo a vernos sobrepasados por el dolor, la pena, la desesperación, vernos sobrepasados por un estallido de enojo y hasta cólera que contenemos en nuestro interior y que, como un potro salvaje, pugna por soltar la soga a la que está atado en un establo abandonado de nuestra mente. Y el dolor dentro de nosotros también refleja el dolor del mundo.

Tratamos de huir del dolor reprimiéndolo, anestesiándolo, ya sea por el camino del consumo adictivo (consumismo): consumimos televisión, revistas, música, comida, medicamentos preventivos, ansiolíticos, drogas...tratando de no oir el despertador que cada día suena más fuerte. Nos enfrascamos en enfrentamientos con fuerzas exteriores (reproches, acusaciones, juicios, condenas...) en el ámbito familiar o en el comunitario, todo con la secreta necesidad de tapar el dolor interior, el real, cuya experiencia tratamos de postergar. El precio es el sufrimiento. Decimos que no queremos sufrir y sin embargo nuestras vidas son prisiones de sufrimiento, nadamos en él. Y el sufrimiento es el esfuerzo por mantener a raya algo que naturalmente debería salir y ser liberado. Sufrir es la prueba de que hay un dolor reprimido, un dolor que pide libertad, con un 'Ay!' muy antiguo pero muy actual.

Contener las emociones para quien está habituado a pasar de puntillas por la vida es tan dañino como vivir zambullidos en el incontrolado mar de emociones, continuamente exprimiéndolas hasta la última gota. Lo primero sucede en las sociedades desarrolladas, las que más sentimientos reprimen, el llamado primer mundo, El hemisferio norte del planeta, sociedades formadas por personas, en el fondo hartas de que las etiqueten como 'locomotoras del progreso', ahogadas en un patriarcado asfixiante donde la exigencia de eficiencia ha opacado tradicionalmente cualquier atisbo de expresión sentimental. Cargan con un lastre generacional de exigencias de productividad. Un exigencia que distrae una necesidad, la de ser amados. Los ricos también sufren. Tan solo que han aprendido a disimularlo, a camuflarlo con todas las distracciones que han creado. Sufren igual que quienes habitan en paises que conforman las sociedades más matriarcales, tradicionalmente las meridionales, con climas más benignos...personas más conectadas con los ritmos de la naturaleza, algo que las élites 'progresistas' no toleran.

El sufrimiento es marca de la casa en la humanidad, desarrollados y subdesarrollados, en su conjunto. Todos lo cargamos y todos, ricos o pobres, alemanes o griegos, tenemos la responsabilidad de conectar con el dolor del abandono ancestral que arrastramos desde la noche de los tiempos. Sí, ríete de este argumento (pero también agradécete haber llegado hasta este párrafo, signo de que andas buscando respuestas al sinsentido del modo en que los humanos experimentamos la vida). Has llegado a un punto, como yo, en el que necesitas obtener respuestas al sentido de la vida. No puede ser que todo consista en nacer, ir a la escuela, trabajar, jubilarse y morir.

El sufrimiento, involucrado en ese sinsentido, está ahí y continúa creciendo a pesar de todo aquello con que tratemos de distraerlo. Y hemos exprimido mucho nuestra imaginación para encontrar modos de meter la cabeza bajo el ala. El dolor no vivido siempre trata de manifestarse. Reprimir el dolor no ayuda mucho.

La práctica recomendada por el Buda es no huir del sufrimiento, sino tomar contacto con él tratando de buscar en él la respuesta a todas las preguntas, sostenerlo amorosamente como se sostiene a un niño triste y desamparado, como se adopta a un perro abandonado. Con paciencia, con tolerancia, con comprensión. Escuchando muy atenta y hondamente para poder entenderlo. Permitir que se exprese y se libere. Eso es lo que pide el sufrimiento. Comprender el sufrimiento ote mostrará el camino de la transformación y sanación.

La Primera Noble Verdad es la realidad del sufrimiento del Ser. Si miras profundamente dentro de esa verdad, verás las otras tres verdades, incluyendo la Verdad del Sendero Vital, lo cual te llevará al cese y transformación del sufrimiento. Mas si tratas de continuar esquivando la Primera Noble Verdad, no habrá manera de que puedas percatarte de la Verdad del Sendero y nadie te va a poder guiar en la transformación y la sanación. La Primera Noble Verdad requiere de ti que bajes los brazos y dejes de luchar...



En esta canción-mantra, cuando los monjes y monjas cantan por primera vez el nombre de Avalokitesvara, se adentran en su interior y tocan el sufrimiento que ahí hay. Cuando cantan el nombre por segunda vez, reconocen el sufrimiento de aquellos que están a su alrededor. Cuando lo cantan por tercera vez, perciben el sufrimiento en el mundo. Y cantando así, con Atención Correcta, ellos generan juntos la energía de la Atención Correcta, concentración y compasión. La energía de la Atención Correcta para tomar contacto con el sufrimiento puede ayudar al resurgir de la energía de la compasión.

La compasión es un tipo de energía que es sanadora y transformadora. Y si sabemos cómo permitir que la energía colectiva de la Atención Correcta y la Paz penetre en nuestro cuerpo, sufriremos menos, podremos liberar la tensión y el dolor en el cuerpo y también liberar la tensión y el sufrimiento en nuestro corazón.
Hay tensión y dolor en nuestro cuerpo. Es una verdad incontestable. Si sabemos como seguir nuestra inhalación y exhalación, a respirar, y permitimos a nosotros mismos estar totalmente en el Aquí y Ahora y relajarnos, la energía colectiva de la Atención Correcta y la Paz generada por el canto será capaz de penetrar en nuestro cuerpo y ayudar a liberar la tensión y reducir el dolor y sentirán mejor después de unos pocos minutos de escucharlo. Y si tenemos algún dolor, pena o desesperación en nuestro corazón, quizás queramos abrir nuestro corazón para que la energía colectiva de la Sangha (Espíritu Santo) pueda penetrar y ayude a sanar el bloqueo del dolor y la pena de la desesperanza en nosotros. 

Por favor, que la Sangha ayude a reconocer y sane en mí. 

Si sabemos cómo abrirnos y permitir a la energía colectiva de la Atención Correcta y a la Paz y la Compasión que abracen nuestro dolor y pena, sufriremos menos después de unos pocos minutos de escuchar la canción. Esta es una práctica de meditación, no una oración. Si tenemos alguien en la familia que está enfermo, que sufre ahora, podemos enviar esta energía colectiva a él o ella sólo pronunciando su nombre silenciosamente o pensando en esa persona. Y esta energía pura de Paz y Compasión será dirigida a él o ella y enseguida, en su casa o dónde esté, se sentirá mejor.

Ntich Nhat Hahn


"No son los traumas que padecemos en la infancia los que enferman nuestras emociones. Es nuestra imposibilidad de expresar dichas emociones lo que nos mata."

viernes, 6 de abril de 2012

La hija del carpintero

Tendría Jeshua unos siete años cuando sus padres, José y Myriam lo llevaron por primera vez al Templo judío. El niño, de carácter tranquilo por naturaleza, permaneció silencioso mientras sus padres le explicaban la importancia de ciertos ritos judíos. A la salida del templo un mercadillo se sitúa en la fachada colindante al mismo. Jeshua se separa, en un descuido de sus padres, en la curiosidad que le produjo un pequeño caño de agua que bordeaba el camino.

El sistema de alcantarillado romano hacía que las aguas vertidas en la calzada se desviaran por los laterales de la misma, de forma que a veces quedaban suspendidas en ellas restos de ramitas e incluso semillas que se habían volado de los tenderetes por efecto del viento.
El niño se colocó en cuclillas observando las aguas y su destino, y tomando algunas piedras del camino comenzó a disponer algunas de ellas, enfrascado en una actitud laboriosa, desentendido de la falta de presencia de sus padres.
Myriam, que llevaba rato en su búsqueda, lo sorprendió rodeado de otros niños que lo observaban en actitud curiosa, mientras que Ben José cerraba un negocio que le habían propuesto a su paso por el mercado.
Cuando la madre se acercó al grupo de infantes se sorprendió al comprobar la extraña construcción que su hijo había realizado. Con piedras y astillas de madera trabadas había construido una estructura que hacía que el agua se deslizara por debajo de la misma.
— ¿Cómo se llama eso que haces? — preguntó una niña al pequeño Jeshua.
Es un puente...
— ¿Y para qué sirve?
— Para comunicar almas…

Myriam no daba crédito a sus oídos…"comunicar almas"… ¿de qué estaría hablando su hijo?

No obstante Myriam seguía sintiendo una curiosidad especial por las palabras de su hijo, y de vuelta a casa le preguntó:

Hijo, ¿a qué almas se referían tus palabras?

El niño la miró con compasión:

– Madre… hablo de las almas perdidas entre el mundo del corazón y el mundo de la razón. Si en ellas ambos mundos no se concilian es muy difícil mantener el equilibrio.

Myriam seguía sin comprender. Aquel niño se expresaba de una forma desconocida en los demás críos de su edad.

– Madre… a veces las personas razonan y sus corazones no admiten tales argumentos…sus emociones les hacen sentirse tristes porque no están en consonancia consigo mismos. Esa desazón es la señal de que viven a caballo entre dos mundos que están separados. Yo construiré los necesarios puentes, madre… Mi padre del cielo me dará las indicaciones.

Ben José caminaba en silencio junto a ambos. No solía intervenir cuando su hijo hablaba porque guardaba la certeza de su propio aprendizaje a través de las palabras del niño. Así se lo hizo saber hacía años el ángel: “El hijo del hombre no es de este mundo, mas intentará salvar al mismo a través de la palabra del Padre”.

Josué era cada vez más consciente de que aquel niño se manifestaba a través de un conocimiento impropio de su vivencia terrena. Podría decirse que el niño traía en su memoria un comportamiento adquirido, como el que poseen los pájaros cuando extienden sus alas y nos aborda la certeza de que saben que pueden volar y sin duda acaban por hacerlo, sin ningún tipo de aprendizaje ni duda en sus actos.

(Extracto de "La hija del carpintero").

Alicia López

«Mi físico es el envase que me representa frente a los demás. Yo, en realidad soy lo que hay dentro de él. Soy el contenido, no el continente.»

Anónimo

«I maintain my pride in the face of men, but I abandon it before God, who drew me out of nothingness to make me what I am.»

Alexandre Dumas

martes, 3 de abril de 2012

Milagros. Haberlos haylos.

Anteayer estaba en la cola del centro de atención médica esperando para tramitar la tarjeta sanitaria de mi hija. Solo atienden los jueves de seis y media a ocho de la tarde. Llevábamos (mi hija me acompañaba) más de una hora esperando. La gente se empezaba a impacientar, pues la atención era muy lenta, posiblemente debido al hecho de la huelga general. Los sarcasmos y chistes ácidos acerca de la ineficacia de la burocracia sanitaria, mezclado todo con el contexto financiero presente, teñían el ambiente. Finalmente quedaban dos personas por ser atendidas antes que nosotros, una de ellas atravesaba en ese mismo instante el umbral de la puerta del despacho. Fue entonces cuando mi hija me preguntó:
- Papá,¿falta mucho?
-Tan solo un minuto, le respondí. Nuestro turno ya llega.
Y le mostré las manecillas del reloj. Mira, cuando la segundera, la que se mueve más aprisa, de una vuelta completa, nos recibirán.

La joven madre que estaba junto a nosotros y que tenía un turno algo posterior al nuestro, y que inevitablemente había escuchado el diálogo, me miró con cara de extraño.Si me preguntas porqué dije eso, no sabría decirte. No fue petulancia ni altanería, porque nada hasta entonces hacía prever que el ritmo cansino de atención al público se fuese a acelerar repentinamente. Fue una sensación de confianza que me decía que no era necesario pasar ya más tiempo en aquella triste sala. Dicho eso, dejé de mirar el reloj y me invadió una profunda tranquilidad.Lo que sucedió en el lapso exacto de un minuto fue lo siguiente:La persona cuyo turno era inmediatamente previo al nuestro, una mujer de mediana edad con el pelo completamente blanco, decidió levantarse y abandonar la sala de espera tras haber recibido una llamada inesperada. Transcurridos unos instantes la puerta del despacho se abrió y la persona que se hallaba en su interior se despidió con palabras de amabilidad. La enfermera pidió quién era el siguiente. Sabiendo todos que la mujer del pelo canoso se había ido, todos me señalaron a mi. La muchacha que estaba sentada junto a mi me miró con ojos incrédulos al tiempo que observaba alternativamente las manecillas de su propio reloj. Había transcurrido exactamente un minuto.

 

Los milagros ocurren todos los días. Tan solo hay que estar atentos. Todo lo que existe y se plasma en algún tipo de densidad es fruto de la germinación de un pensamiento, la voluntad creadora de alguien. La vida misma, en todas sus facetas, eso que todos damos por sentado como un hecho incuestionable, es un milagro en toda regla. El mero hecho de estar respirando es motivo más que suficiente para plantearnos la grandiosidad de lo que llamamos la creación, a falta de otro término más preciso o menos masticado. Corremos de aquí para allá desconectados muchas veces del regalo del mismo entorno, de la genialidad que se esconde incluso en nuestro propio cuerpo físico, ese mecanismo de inimaginada perfección. Quizá estemos ante uno de esos momentos claves de la historia globalmente adecuados para resintonizarnos con las verdaderas prioridades, conectar con lo esencial de nosotros y liberarnos de lo supérfluo, esa capa de resentimientos acumulados y arrastrados por el camino de experiencias. Muchas son las cosas com para dejarlas pasar por alto. Sé que cuesta ponerse el chip de la trascendencia, máxime cuando la existencia ha estado plagada de monotonías o sinsabores, pero todos tenemos el poder para detener la vorágine de violencia verbal o física. Todos tenemos la capacidad de perdonar, único recurso para restablecer el sentido común, desbordado actualmente ya sea por un exceso de irascibilidad emocional o maniatado por un rígido control intelectual. Ambas cosas, mente y emoción han reinado de modo polarizado en este mundo. Ambos extremos son tiranos desatados que se han enfrentado sistemáticamente durante siglos, sino miles de años. Es tiempo de operar dede el corazón, el centro de poder real que nunca juzga, que nunca ataca porque no necesita defenderse. ¿En qué consiste eso? Recuerda tu más tierna infancia, cuando todo estaba por descubrir. Haz memoria y rescata esa parte inocente de ti, presta a abrirse a la aventura de vivir, tu niño/a y entrégate a su modo de observar la vida. Si no puedes, lo cual podría ser comprensible, fíjate en los niños, antes de los 7 años. La plenitud con la que experimentan la vida. La solidez (y al tiempo fragilidad) de sus certidumbres. Dan incondicionalmente. No hay nada que canjear, pues ninguna carestía futura hay que temer. ¿Que piden también? Normal...los mágicos resortes de la reciprocidad son incuestionables en la edad de la inocencia.