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lunes, 8 de octubre de 2012

Meditación Ho'oponopono

Vamos en busca de la paz. Clamamos por ella en todos los foros posibles (una comida familiar, una reunión de padres de alumnos, una junta de comunidad de vecinos...) pero no dejan de presentarse situaciones conflictivas...la paz se empeña en rehuirnos. Cuanto más  airadamente reprochamos las actitudes hirientes de los demás más parece la anhelada paz eludir nuestro encuentro. Y así nos va, hasta que un día despertamos, magullados por nuestros propios palos de ciego, a la madre de todas las preguntas: ¿será que la Paz se halla escondida en otro lugar? ¿en otro tiempo?

Puede que hayas llegado a la conclusión de que lo que más bloquea el afloramiento de tu paz interna es el miedo a reconocer que tienes miedo.

– Miedo a morir?
– Para ser honestos, no me da miedo morir.
– ¿Qué te da más miedo que la misma muerte?
– Sufrir...
– ¿Podemos afirmar que huyes de aquello que te da miedo?
– Sí, se puede decir que sí.
– Bien. Te voy a demostrar que mientes. Mejor dicho, que te engañas.
–...?
– Dime una cosa. ¿Puedes evitar sufrir? ¿Puedes decidir no sufrir cuando te das cuenta que sufres? 
– ...No, es cierto.
– Si sufrir, en pura lógica, es lo que te sucede cuando huyes, entonces esa es la prueba de que no puedes huir del sufrimiento. Como no puedes huir de un terrorífico perro que corre tan rápido como tu. Huyes de un fantasma que te acosa donde y "cuando menos lo esperas" (que es curiosamente cuando más lo temes). No lo ves, no lo hueles, no lo oyes, pero está ahí. Sufres cuando no sucede lo que esperas que suceda. Y sufres cuando sucede lo que no esperas que suceda.
–Supongo que sí.
–Entonces convendrás que esperar es sufrir. Nunca sucede nada cuando esperas que algo suceda. Y cuando sucede lo inesperado, reacciones "esto no es lo que esperaba", te dices. ¿Qué esperabas?
– Esperaba algo que, por una vez, no me haga sufrir. No esperaba que mi padre enfermase y muriese. No esperaba que mi pareja me dejase hace tres años. No esperaba suspender el exámen de acceso a la Universidad. Ni siquiera esperaba que la chica que me gusta me diga "te quiero". Eso me desconcertó. Soy un animal de costumbres. No estoy preparado para lo inesperado.
– ¿No estás preparado para el amor, paradigma de lo inesperado?

La vida sucede inesperadamente. En realidad no tienes miedo a sufrir, pues sufrir es lo que te sucede constantemente, a lo que estás acostumbrtado. Sufrir es lo que te sucede mientras huyes...y la huida te es familiar.

–Entonces dime, ¿de qué tengo miedo? ¿de que huyo?
– Tu me lo dirás. Yo lo sé, pero si te lo digo no me creerás. No puedes tener miedo de algo que no conoces, verdad? Solo puedes temer lo que te es familiarmente espantoso. ¿Qué es?  Descartado el miedo a sufrir...¿es miedo a perder? ¿miedo al rechazo? ¿A no ser visto? ¿a pedir perdón, miedo a disculparte, miedo a agradecer, miedo a aceptar lo inesperado, a vivir la vida, miedo a sentir? ¿Miedo a amar?

Hubo un tiempo en que no teníamos miedo. Los niños no temen, hasta que aprenden a tener miedo. ¿Y qué puede temer un niño? Aprende a temer lo que más cerca tiene. Teme a quienes ama. Y crecemos con el dardo envenenado del miedo. Un dardo invisible. Y el tiempo pasa...Y el miedo atasca, atrofia el presente, el AQUÍ/AHORA. Porque el ALLÍ/ENTONCES fue temible y no había forma de integrarlo, de incorporarlo. Desde entonces tienes miedo a lo inesperado. Desde entonces vives en la esperanza, esperando (re-clamando) que Papá y Mamá sean tal como AHORA esperas que hubieran sido ENTONCES.

– Esperas el amor de Mamá…y de Papá. Mientras tanto pasa la vida, que no espera nada. Ni de ella ni de ti. Simplemente sucede. El amor, que es la vida, sucede. Pero no la reconoces. Y te enfadas porque no es como esperabas. Y luchas para cambiar la vida, a las personas. Luchas por que se adapten a tus expectativas. Luchas para que todo sea tal como esperas. Y SUFRES porque eso no sucede. Y eso sucede hasta que llegas a la convicción de que la solución es dejar de seguir esperando que algo externo suceda, que te escuchen, que te amen como…querías, como NECESITABAS. Dejas de esperar y te rindes.
–¿Te resignas?
–No. Aceptas. Resignación es lo que hacías mientras sufrías en silencio. Rendición es cuando empiezas a considerarte, a mirar adentro, a todo el abanico de reacciones frente a lo inesperado, a esos nudos de resentimiento (ansiedad, enfados, enfermedades, irritabilidad, episodios de violencia, depresión...) por los que eres conocido a tu pesar. Es cuando decides desnudarte, des(a)nudar los nudos de tu férrea y obstinada creencia acerca de lo inaceptable que es…pedir perdón.
–Pedir perdón? ¿De qué? ¿Yo no he hecho nada?

Es todo un reto atravesar el obstinado y sempiterno victimismo y despertar a la pacífica aceptación de la naturaleza cíclicamente evolutiva de la existencia. Para ello es necesario re-conocer todas las esclavitudes y servidumbres que hemos repercutido y de las que consecuentemente hemos sido objeto desde/por parte de los personajes enojados que nosotros mismos hemos interpretado vida tras vida.
Por supuesto que hemos padecido situaciones injustas. ¿Pero qué hay de las vendettas que hemos orquestado para buscar un resarcimiento que nunca llegaba? ¿Qué hay de los castigos que (nos) hemos aplicado para repercutir en otros el dolor que no hemos querido integrar? Todos hemos más de alguna vez llevado a la práctica la ley del talión. ¿Cuántas veces hemos tirado la piedra y escondido la mano?

'It's really hard to say I'm sorry' reza la canción...

Si honestamente no puedes disculpar a los que te precedieron (y a fe que no te lo han pedido), quizá sea una buena opción pedir disculpas a los que te suceden...

Es tiempo de pedir perdón. De pedir 'ayuda para poder pedir perdón'. «Pedid y se os dará» dijo el sabio. Quien pide ayuda, deslegitimando para ello el resentido y empozoñante orgullo, la obtiene. Y quien logra incluso pedir perdón lo hallará, será perdonado. ¿Le has negado el perdón a quien se haya atrevido a pedírtelo? A nadie se nos niega el perdón cuando apelamos a nuestras disculpas. Discúlpate por tu resentimiento, por todas esas veces que no has sonreido y con ello has transmitido inseguridad a los que dependían emocionalmente de tu confianza en ti mismo. Discúlpate incluso por tu aparente incapacidad de sentir (si es tu caso) empatía por el sufrimiento ajeno. Pide(te) disculpas y serás redimido de la pesada carga que arrastras, esa 'culpa', que te impide sonreir confiadamente y saludar a todos cuantos se cruzan en tu camino, por serios y compungidos que estén sus rostros (con más motivo si es así) y hasta al mismo y generoso Sol cuando amanece. Y si no puedes aún ver la suficiente abundancia por donde vayas, no te juzgues...pide la ayuda necesaria para viajar al centro de tu inconsolable desdicha y descarga (vacía) ese equipaje atenazante. Re-conoce el legítimo lastre y comienza a soltarlo. Da rienda suelta, ibera, a tu ritmo, tu legítimo (aunque lastrante) resentimiento contenido (miedo, vergüenza, timidez, orgullo...). Sé osado y exprésate sin miedo al qué dirán, aunque el círculo en que te mueves sea crítico y atenazante (esa será la prueba de que tu liberación incomoda). Ámales mostrando el camino de tu libertad. Sé honesto con tus sentimientos. No permitas que el mayor enemigo que tienes, ese Ego tiránico que se aloja en tu mente aferrado a sus miedos, consiga volver a disuadirte de expresarte, disuadirte de vivir. No beneficias a nadie empequeñeciéndote. Tienes tu lugar en este mundo. Un lugar y una tarea intransferible. Nadie más puede hacerla como tu. Tú eres la luz que el mundo necesita, la semilla de la nueva humanidad. Y eso te convierte en una parte muy importante. Sin ti no será lo mismo.
Y si ya eres abiertamente expresivo, posiblemente hasta límites incómodos para ti mismo, no permitas que ese pequeño y grandilocuente dictador  te arrastre por el camino de la ira y la cólera. Sacar adrenalina es perfectamente aconsejable cuando el tarro está lleno hasta los bordes...mientras no caigas en la tentación de aficionarte a ver el vaso siempre medio vacío. Camina elegantemente por la delgada linea, por la senda de la síntesis entre los opuestos. Ama desapasionadamente, es decir, con todo tu corazón, que es el único órgano, como el Astro rey, que tan solo da, bombea incesantemente su generoso caudal. Y lo hace desinteresadamente, sin mirarse el ombligo, sin pedir nada a cambio salvo una disculpa si ha sido desatendido y unas gracias. Así eres tu.

«Perdonar es un gesto magnánimo de autocomplacencia, destinado a satisfacer a los espíritus inferiores. Pedir perdón, disculparse, solo está a la altura de los dioses»
Walt Whitman.





Reenvía desde el corazón este enlace a todas esas personas a las que quizá todavía temas encontrarte por la calle, a todas las personas cuya simple proximidad te desestabiliza, te irrita o empuja quizá a cambiar de acera y agachar la cabeza, a todas las personas que consideres mantienen una situación conflictiva contigo y frente a las que te cuesta estar centrado, personas que te descentran (a saber por qué, poco importa).

Es momento de dejar de luchar por defender el bastión del orgullo, de hacer las paces con tu propia verdad. Y la verdad es que no eres tu miedo. Tu eres paz,  tolerancia y compasión. Eres luz. Eres amor.
Está amaceciendo. Siente tu paz. Da fraternalmente tu paz.

Si has recibido por e-mail este enlace, debes saber que alguien ha pensado en ti y que te pide disculpas de corazón, aunque no recuerdes (ni quizá ella) por qué.

Lo siento,
Perdóname,
Te amo,
gracias.

Bendit@ seas.

sábado, 6 de octubre de 2012

Estamos saliendo del túnel

Estadounidenses viajan a Pakistán para disculparse por los ataques de drones

Decenas de activistas se reunirán con las víctimas de las operaciones antiterroristas de EE.UU. en Pakistán.
"Estamos aquí para decir, en nombre de esos estadounidenses conscientes, que pedimos perdón a los pakistaníes por las muertes y el sufrimiento causados por los ataques de drones (aviones no tripulados, manejados a distancia)", dijo una de las fundadoras de Code Pink, Medea Benjamin, al llegar a Pakistán.



Texto completo en: http://actualidad.rt.com/actualidad/view/55256-estadounidenses-viajan-pakistan-disculparse-ataques-dronesTexto completo en: http://actualidad.rt.com/actualidad/view/55256-estadounidenses-viajan-pakistan-disculparse-ataques-drones

...

Noticias como ésta, que afortunadamente publica valientemente un medio informativo ruso (y que todavía no figura en ninguna portada de ningún medio occidental), te reconcilian con tu verdadera naturaleza compasiva, con la capacidad de saltarte la barrera del orgullo (siempre revestida de desconfianza a lo desconocido). Estas personas, sin considerarse directamente culpables de las muertes inocentes en Pakistán, de las víctimas colaterales (niños y mujeres incluidos) que la política antiterrorista de la Casa Blanca está ocasionando, se sienten responsables no solo como contribuyentes que son - y que desean que sus impuestos sean invertidos en ayudas sociales -, sino también como ciudadanos comprometidos en dar el primer paso para rebajar los niveles de odio en el planeta. Alguien tiene que disculparse con las desoladas familias de las víctimas, se han dicho. Y vamos ser nosotros. Alguien tiene que que transmitirles el consuelo necesario a los ciudadanos pakistaníes para que SIENTAN que no es el pueblo norteamericano (o al menos su totalidad) el que está radicalmente de acuerdo (o siquiera consintiendo tácitamente) con la matanza que los llamados "daños colaterales" –de la cacareada lucha antiterrorista– están causando en sus hijos, maridos y esposas. Sin duda, quien se halla detrás de tales atrocidades es un contubernio de intereses supranacionales tras los que se ocultan, tan solo –y por increíble que te parezca–, un par de centenares de familias, mimetizadas tras logotipos de organismos internacionales. Organismos que lograron prostituir en 1913 (año de la creación de la Reserva Federal Estadounidense) a la institución gubernamental estadounidense, el poder ejecutivo de la hasta ahora mayor potencia belicista del planeta. Oscuras energías que se alimentaron, en sus albores, de nuestra ignorancia para mantener sumido al ignorante rebaño en la ciénaga oscura de la fatalidad existencial anestesiada entre estímulos consumistas y revoluciones inservibles, y que ahora pretenden a toda costa obtener sus últimas gotas del combustible que imperativamente necesitan para mantener engrasada su damnificadora máquina de destrucción colateral. Un combustible que SOLO PUEDEN OBTENER de tu ira y cólera, las mismas que ellos mismos están tratando por todos los medios (y a fe que son muy sutiles) de despertar en ti y en todos aquellos que sobreviven en las ciénagas de la indignación, los solitarios y temeorosos hijos del abandono.

Pero tu ya estás en otra onda. Tu ya no te pre-ocupas por nada. Estás, por el contrario, ocupado restaurando y restituyendo la paz en ti y en tu entorno, sabedor de que el contagio de la paz y la comprensión, la inoculación del virus del amor pasa necesariamente por ti. Estás aceptando el incremento de tus frecuencias vibratorias, mediante meditaciones, mediante la generosidad, mediante la aceptación de las circunstancias, bajando las armas donde ya no ves batallla que luchar. Para que, entre otras cosas, estas personas no solo no sean masacradas en su visita a Pakistán, por algún comando de la CIA-Mossad-MI6 (perdón, quise decir Al Qaeda, que es como formalmente se llama la facción de la inteligencia occidental que opera en el Cercano Oriente), sino que su mensaje, y el de muchos otros, llegue a y cale en los corazones de los hombres y mujeres de buena voluntad, los que anhelamos un mundo en paz y armonía, libre de esclavitud mental. Un mundo que está a la vuelta de la esquina. Tu estás recibiendo con los brazos abiertos al nuevo y armónico esquema de las cosas, abrazando la comprensión mútua que está aterrizando desde una multitud de flancos. Sabes que el binomio respeto-biodiversidad no es imposible.

De todos modos, lo creas o no, no es imprescindible desplazarse físicamente hasta la "boca del lobo", hasta el ojo del huracán para contribuir a rebajar el nivel de violencia en el mundo. Podemos hacerlo desde casa, disculpándonos ante todos los hombres y mujeres resentidos del mundo, en nombre de todos los que no han osado hacerlo, por medio de la técnica del Dr. Len.



También podemos contribuir, desde nuestra esfera particular de dominio, empoderándonos de nuestre inabarcable y ya incontenible, caudal de amor que nos embarga y que se acrecienta día tras día; ¿Cómo? deteniéndonos, por ejemplo, en los pasos de cebra cuando, yendo al volante de nuestro vehículo, un peatón muestra intención de cruzar la calzada. Es un ejercicio que se antoja banal, pero que a fecha de hoy tiene un impacto demoledor en las apuntaladas estructuras de miedo y opresión que han imperado; Deteniéndonos en los semáforos cuando iluminen en ámbar (evitando así provocar o padecer un accidente); acercándonos a una persona (pariente o desconocido) que muestre síntomas de depresión, para consolarle y comprender su estado emocional. Alimentando a un animal abandonado. En definitiva, DANDO lo mejor de nosotros mismos...

Nos levantaremos por las mañanas saludando a nuestros seres queridos con un beso, un abrazo y un "buenos días". Y si, en un arranque de ira o cólera, hacemos o decimos algo que pueda ser hiriente, nos dis-culparemos reparando, en la medida de lo factible el daño ocasionado. Apartaremos el orgullo (vanidad), la necesidad de tener la razón que tanto nos ha obstaculizado a la hora de comprender que SOMOS UNO...y que tantos conflictos ha engendrado. Sonreiremos a la mañana, al Sol agradeceremos su presencia nutriente, a la lluvia, si se da el caso, por alimentar a todos los seres vivos a quienes también saludaremos y a la Tierra por alojarnos DESINTERESADAMENTE. Gracias, gracias, gracias.
Todo está en manos de Dios, salvo tu mente, ocupada y gobernada por tus egos, que sí son creación tuya (aunque no sea una entidad real) y que lo seguirán siendo a menos que tomes el poder de tu cabina de mando y te restituyas tu capacidad creativa. Es tu única responsabilidad: restituir tu integridad psíquica y devolver a tu mente la función para la que fue creada por Dios: comunicar la verdad que no es otra cosa que el sentido común (el menos común de los sentidos), bombeado desde su fuente, que es tu corazón, tu verdadera origen de conexión con tu chispa de divinidad.


"Un mandamiento nuevo os doy: Así como yo os he amado, amaos también los unos a los otros" (Juan 13:34)





viernes, 5 de octubre de 2012

¿Vives o sobrevives?

- Dices que no estás a la defensiva.
- Cierto. Todo está controlado.
- Aha, prueba inequívoca de que estás a la defensiva.
- Cómo?!
- ¿Qué hay que controlar si de nada necesitas defenderte?

Estás a la defensiva y la prueba es que lo has negado. No estaría ahora mismo tocándote una fibra 'sensible' si mi afirmación fuese falsa. No te inquietes. Esto no es una encerrona. Es tan solo una invitación a que te permitas aceptar que te has pasado la vida defendiéndote porque 'crees' fervientemente que NADIE te va a contener si te derrumbas. Nadie en tu entorno ha demostrado tener los huevos para ser compasivo testigo de tu derrumbe emocional. Y si ha habido alguien que ha aparentado estar capacitado para acompañarte en tu catarsis, al final siempre ha dado muestras de un incómodo narcisismo. Por eso haces alarde de tu autonomía. Detestas a los quejicas hasta el extremo que los eliminarías del mapa. Te alteran los llantos de los niños porque te recuerdan a tu propia infancia. Reprimes (juzgas, condenas, limitas...) cualquier demostración de fragilidad para evitar que los reclamos de los desamparados retumben en tus oídos hasta el extremo de sacarte de quicio. "Hazte más fuerte. Hazte un hombre", te hartaste de escuchar hasta la saciedad...delirantes mandatos para quien ya es Hombre de pleno derecho por el mero hecho de haber incursionado en la experiencia humana, de haber nacido.


Pre-sumes, pre-dices, pre-meditas, pre-textas, y sobretodo pre-SIENTES. Lo haces permanentemente. Vas por la vida demostrando en lugar de mostrar.
Por la forma en que tienen lugar los acontecimientos, presientes que algo se va a terminar y te pre-vienes. Algo te dice que algo complicado está por comenzar...algo va a ir mal. No recuerdas dónde se fundamenta este pre-sentimiento. Pero lo cierto es que necesitas bien poco para blindarte. Cuando presientes, te pones en guardia, a la defensiva. No permitiendo que el sanador dolor invada todas tus células. Has aprendido a ser autónomo/a, a valerte por ti mismo/a. Nunca nadie te ayudó. Debiste aprender a confiar solo en ti mismo. Pero esa actitud tiene un lado oscuro: No vives...sobrevives.
Presentir no es más que la acostumbrada vía para perpetuar el sufrimiento. Presentir es cultivar y blindar creencias. El deporte de moda desde que disponemos de neocórtex es pensar.
- No! Ayer presentí que quedaríamos campeones en el torneo de golf que organicé. Y ganamos. Y no me ha dolido nada. Ya ves...
- Obviamente que no te ha dolido ganar. Tampoco le ha dolido a tu ego inflado comprobar que tu vaticinio se había cumplido. Lo que te ha dolido, aunque tu ego consiga, de momento, disimularlo muy bien, es que la victoria no haya sido suficientemente difundida por los medios a los que eres tan adicto. O que a tu mujer le traiga sin cuidado que ganes o pierdas. O que tu padre todavía opine que podrías haberlo hecho mejor. El objetivo era, no te engañes, obtener reconocimiento de él. La meta: que te sonría y te diga "muy bien, te quiero, hijo". Pero el eco que esperas nunca obtiene el esperado retorno. Tu gran tragedia es no poder compartir las mieles de tus conquistas y victorias...En la cúspide de la pirámide estás sólo.

Por supuesto que sabías de antemano que sería así. Cuando obtuviste la re-acción de tu padre, ya estabas teniendo otro presentimiento.
- Ah sí? cual?
- Presentías que para tu padre tu "victoria" no iba a ser suficiente, que tendría algún "pero" que argumentar. Han sido muchos años de desengaños como para que nada te venga de nuevo. Así que, haciendo gala de tu lema favorito: "hombre precavido vale por dos", decidiste protegerte del seguro batacazo (frustración=dolor) y te adelantaste a los acontecimientos: decidiste juzgarte a ti mismo con premeditación.
- Ah sí? Cómo?
- Convenciéndote (vaya delirio, verdad?) de que "no ha sido una victoria suficientemente convincente". Adelantarte al juicio externo imponiéndotelo a ti mismo ha sido la forma de evitar afrontar la realidad, el hecho de que nunca fuiste amado. Así te aseguras de no quedar a merced de la realidad: el silencio, la desidia, la ignorancia. Todo con tal de que el silencio externo no te aturda. La contrapartida es acumular un insano caudal de culpabilidad que sistémicamente necesitas liberar. Y lo has hecho juzgando y condenando a los que dependen de ti, en tu entorno más cercano (hijos, empleados,...), a todos tus subordinados.

(...silencio.)

A la larga, presentir –esperar– siempre causa dolor. Curiosamente la esperanza es lo que alientan las religiones, las mismas bajo cuyo paraguas crecieron tus antepasados.

Tienes pereza a ponerte en contacto con el dolor (que es el origen del perpetuo sufrimiento)

-¿qué más da? Dolor y sufrimiento es lo mismo.
- Sufrir es lo que hacemos permanentemente como consecuencia de huir del dolor. Es la suma de todos los momentos de frustración por no conseguir que nuestras dementes expectativas (ser el mejor vendedor, ser el mejor administrador, ser el más atractivo, el más inteligente, ser el mejor atleta, ser buen hijo/hija....) obtengan la esperada "recompensa". Expectativas que nos autoimponemos para demostrar a mamá y papá que podemos ser aquello en lo que querían que nos convirtiéramos.

 Vivir es como pasarse 50, 80 ó 90 años en la sala de espera del dentista. Tratamos de distraernos del miedo que creemos/pensamos que produce el tratamiento. Sabemos, internamente, que es necesario ir al dentista, pero tratamos de posponerlo todo lo posible con excusas, pereza, distracciones...Dios es como ese dentista amoroso que se sonríe observando todos los aplazamientos que hacemos a las citas que nos ha concertado. El sufrimiento es lo que nos imponemos sin saberlo mientras tratamos de distraer el dolor. Sufrimiento es lo que sucede cuando padeces el síndrome de abstinencia ante la ausencia del azúcar. Sufrimiento es tener que buscar una nueva excusa creible (!) para que el dentista nos aplace de nuevo el tratamiento. Tenemos miedo (pánico) a lo que hemos oído o nos han contado (y nos hemos creido) que es el dolor. Pensamos que el dolor es insoportable. Que no sobreviviremos a él. Por eso huimos de él. Huimos aumentando la dosis de Prozac o el límite de la tarjeta de crédito...postergar el dolor, en la creencia que le dams esquinazo cuando, pobres ignorantes, lo llevamos atado con un elástico irrompible. Eso es lo que provoca sufrimiento. Igual que sufre el guerrero, embutido dentro de su armadura, presa del miedo al dolor que las heridas que le produzca el supuesto ataque de un enemigo en la batalla diaria por la supervivencia.

Despertar a esa locura es toda tu responsabilidad en esta vida. Estás capacitado para regresar –y vas a regresar– al momento en que te bifurcaste, el momento en que estabas desprovisto de miedo, al momento en que no había más que gozo y alegría.

 Eres un ser eterno. Eres amor. Todo lo demás es irrelevante, adyacente, la vestimenta con la que te has revestido para explorar los mundos grávidos y densos. Ahora llega el momento de hacer revisión de daños. El momento de contactar con tu Esencia multidimensional. Una vez que tus estrategias defensivas "te abandonan" (y eso es precísamente lo que nos está sucediendo en esta coyuntura), una vez has pasado por el ineludible tratamiento, sin la anestesia acostumbrada, es cuando acabas renaciendo de tus cenizas, cual Ave Fenix.

Te amo, lo siento.

Perdóname. Gracias.



miércoles, 3 de octubre de 2012

George Kavassilas (IV)

¿De qué tienes miedo? ¿A la soledad? ¿Al dolor?...¿Al futuro? ¿A qué no haya nada después de la muerte? ¿A la muerte misma? Es curioso como nos asustan cosas que desconocemos. Desconocemos lo que es la nada, el vacío y sin embargo lo tememos igual que temíamos a los seguramente más reales fantasmas y monstruos que habitaban en nuestros armarios de pequeños. No recordamos haber muerto previamente y nos angustia "pensar" en ello...Sin embargo, todos aquellos que afirman haber tenido experiencias post mortem y haber 'regresado', afirman unánimemente que la muerte no es eso que creemos. Que lo que hay más allá es puro amor, la paz más allá de cualquier descripción.
Buscamos denodadamente compañía para huir de la soledad, del silencio. Y probablemente lo hacemos porque fuimos forzados a experimentar abandono y menosprecio en las etapas más frágiles de nuestra existencia, esa fase tan incipiente de nuestra vida, que comprende la gestación en el útero materno y la infancia y que precisa de la necesaria contención y aprecio. No es de extrañar que la soledad y el silencio nos den vértigo, pues nos recuerdan desmesuradamente a ese abandono inicial tan prematuramente padecido y todavía no asimilado...

Y sin embargo todo aquél que ha tenido forzosamente que atravesar un periodo de soledad, afirma ya no temerla más. No es tan fiero el lobo de la introspección cuando hemos incursionado en su guarida. Para contactar con el tesoro interno al que indefectiblemente conduce la escalera descendente del silencio, es necesario acallar todo el ensordecedor ruido ocupacional del que nos hemos rodeado en nuestra huida...la huida inconsciente del abandono forzadamente padecido. No nos lo merecíamos...pero así ha funcionado este mundo hasta ahora.

Huimos de (e incluso llegamos a atacar) todo lo que desconocemos y consecuente consideramos amenazante. Ingerimos anestésicos de toda índole, los que nos receta los llamados doctos y los que nos sugiere el circo mediático, para no sentir dolor. Decimos que nos da miedo (nos aterra) sufrir. Sin embargo, en nuestra anestesiada huida del doloroso escenario, grabado a fuego en el sótano de nuestro inconsciente, hacemos, por paradójioco que suene, precisamente eso que detestamos: sufrir.

Sufrimiento y dolor. Dos conceptos no solo dispares sino justamente antagónicos, puesto que la adhesión a uno impide la experiencia simultánea del otro. Sufrir es la opción por la que optamos ante una disyuntiva inasumible desde la perspectiva racional (todavía no forjada en el momento del trauma). No es una decisión consciente, sino neurótica, tomada desde el cerebro límbico, esa parte de nuestro cerebro que decide qué creencia adoptar para atenuar o soportar una situación emocional límite. Optamos por la "patada a seguir", usando terminología de Rugby. Sufrir es, por usar un ejemplo, lo que hacemos desde que el dentista nos advierte de que nuestra boca precisa urgentemente de un tratamiento (si no queremos exponernos a una irreparable pérdida de los dientes) hasta que la enfermera, sonriente, menciona nuestro nombre, instantes previos a nuestra entrada en el quirófano. El tiempo transcurrido entre ambos instantes puede eternizarse, dependiendo de cuánto decidamos postergar lo inevitable. Dolor, por el contrario, es lo que sucede en el momento de la operación. Dura lo que dura. Ni más ni menos.

Cuando todo lo que tu y tus antepasados dábais por sentado se derrumba (y ese momento está cerca, si no es que ya ha tocado a tus puertas) es señal inequívoca de que el tiempo que te has estado concediendo para esquivar tu responsabilidad , y consecuentemente sufrir, ha concluido. El reloj de los ciclos a los que estás adherido a nivel celular, está poniéndose a cero. Te hallas ante la inevitable fase de revisión de todo lo que llevas huyendo...Una fase que todos, ineludiblemente todos, vamos a atravesar. Es el fin de la negación, el umbral de la aceptación.

Si te hallas en un momento de tu vida en el que estás buscando respuestas coherentes a tus preguntas existenciales (¿qué sentido tiene la vida? ¿a dónde vamos?...¿de dónde venimos? ¿quiénes somos?...)  bienvenido/a a la antesala de tu ascensión vibracional. Cuantas más preguntas te hagas más vivo/a estás, más abierto a conectar con las respuestas. Probable este video te dé algunas claves. Aparca al tirano que, reconócelo, "okupa" el sagrado espacio de tu mente y ríndete al ritmo de tu pulso, a los latidos de tu corazón, al curso imparable de la Creación de la que eres parte indiscutible e indisoluble. Solo una actitud así te permitirá escuchar a George Kavassilas con el corazón abierto. Solo así te resultará familiar (te resonará) su mensaje...


martes, 2 de octubre de 2012

Trascender la Matrix

DE nuevo Miguel Celades en una entrevista a Miyo que, como poco, no te dejará indiferente...

lunes, 1 de octubre de 2012

Una utopía...factible?

 

Ana (44):

«De novios éramos felices con vivir al día. No éramos responsables más que de nosotros mismos. Todo parecía muy sencillo. No teníamos miedo. Mejor dicho, lo disimulábamos bien. Éramos jóvenes. Teníamos 22 y 25 años. Pero pasaron 6 años y nuestra dependencia (y a veces devoción) del entorno familiar empezó a pasarnos factura. Nuestras madres empezaron a reclamarnos nietos. Nuestros padres nos sugirieron que sentáramos cabeza, 'Se te está pasando el arroz’, decían mis ‘amigas’ ya casadas…Prejuicios y frases hechas de los que todos hemos sido víctimas alguna vez en mayor o menos medida. Supongo que las convenciones sociales que inevitablemente todos heredamos de las generaciones precedentes nos fueron conduciendo hacia lo que, supusimos, era inevitable. Y lo aceptamos. En nuestro caso: la boda por el rito religioso (el credo concreto no viene al caso).

Jordi era un ‘bala perdida’, como decía su padre. Y en gran parte, a mi me atraía ese espíritu aventurero, su actitud rebelde y contestataria ante la vida, esa que yo hubiera querido tener (y no me atrevía a mostrar en mi casa). Y sin embargo yo, ahora lo confieso (aunque no me daba cuenta entonces), ya venía aleccionada desde casa. En palabras de mi madre –que yo misma adopté como mías– «ya verás, "entrará en cintura", el matrimonio siempre pone las cosas ‘en su sitio’», es decir, a gusto de mamá (y con el tiempo, también el mío).

Una vez casada, despertó del letargo mi personalidad oculta. Muté, sin muy bien percatarme de ello, de la princesa indefensa de cuento de hadas de la que se enamoró Jordi, a sargento mayor de artillería. Pensaba que si mi marido realmente me amaba se le revelaría desde el preciso instante de nuestra boda el don de la clarividencia, es decir, supuse, ingenua (y maquinadora) de mi, que él sabría automáticamente lo que yo pensaba y sentía en cada momento. Sabría qué hacer sin que yo tuviera que decirle nada.

¿Porque me fastidiaba tener que pedir, ya como esposa, lo que para mi era evidente: responsabilidad, compañerismo, lealtad…Esa era la cuestión. Una cuestión que estaba muy anclada en mi inconsciente. Me exigía esa idea. Una idea cuyo arraigo ahora empiezo a intuir. Algo me decía entonces que eso era lo que debía solicitar a cambio de compartir mi proyecto de vida exclusivamente con una persona. Supongo que, a fin de cuentas, mientras somos inconscientes no hacemos nada a cambio de nada. Parece nuestro sino como humanos.

He de reconocer que, durante el noviazgo me ‘disfracé’, que usé estratégicamente mis ‘armas de mujer’, sin darme del todo cuenta, para seducirlo y atraer su atención, sacándolo de las garras de mis potenciales ‘competidoras’. Sabía lo que quería y fui a por ello (es decir, a por él). Y el precio fue alto: dejar de ser fiel a mi misma.

Me enamoré de la imagen idealizada que yo me había hecho de él, de su 'forma de ser', de su personalidad, esa que –ahora lo sé– él mismo había 'vendido' tan bien durante esos años. Lo cierto es que él atesoraba todas las virtudes –y defectos– de mi padre. Simplemente yo no quería verlos.

Una vez casados –ahora lo sé– mis expectativas, mis infantiles necesidades no satisfechas en la infancia, encontraron un terreno abonado para seguir reclamando atención. Buscando a mi padre, el presente me estaba presentando una factura más antigua…el plato frío de lentejas que siempre había ido aplazando. Secretamente estaba buscando un hombre que igualara el atractivo de mi padre pero también alguien a quien reclamarle todas las faltas y ausencias de mi progenitor. Alguien al que, ahora sí (me decía), poder 'cambiar' y esculpir a mi gusto. Ahora, 20 años después, me he dado cuenta, tras un par de años de terapia, de que estaba tratando de resolver lo que Freud llamó el 'complejo de Electra'. Pasé, pues, de creer que podría, una vez casados, 'domesticarlo', a frustrarme y llegar incluso a persuadirme de que él probablemente ni siquiera me amó antes de casarnos (al menos no como yo esperaba).

Las frustraciones de Jordi también estaban secuestradas por su pasado irresuelto.

Curiosamente mi ‘Donjuán’ de juventud prematrimonial se había revelado, en la nueva intimidad conyugal, como un ‘mudo lleno de inseguridades’. El fútbol, en su caso, había pasado de ser la espontánea y genuina pasión dominical de un soltero atractivamente irreverente y contestatario, a convertirse en una vía de escape donde ahogar la frustración de la insatisfactoria vida de pareja que compartía conmigo. Estaba lleno de miedos, a los que yo, por supuesto, contribuí con mis reproches y mis silencios, con mi resentimiento. Y era a mi a quien temía. Como esposa suya yo había tomado el relevo de su madre, mi suegra, esa mujer a la que tanto íntimamente me parecía yo. Mi 'forma de ser' encajaba en el carácter de mi suegra. Él sublimó ese miedo con sus crecientes ausencias a reuniones de amigos, etc…precísamente tal como su propio padre había hecho veinte años atrás. Otros se dan a la bebida…a mi no me consolaba.

A los 3 años de matrimonio me empecé a desenamorar y a sentirme frustrada, condenada a una vida de infelicidad con alguien que no respondía a mis esquemas previstos. Durante esa época pude haber tenido alguna aventura. Ocasiones no me faltaron. Pero he de decir que yo, como la mayoría de mujeres, considero el diálogo como una parte activa muy importante de la relación a la hora de buscar la resolución de los conflictos de pareja. Y estaba convencida de que podía salvar mi matrimonio. Al principio fue por orgullo, pero con los meses me percaté de que poniéndome esa meta podía salvarme a mi misma...El camino, ahora puedo decirlo, fue comprenderle. Llegué a la conclusión de que él, a pesar de todas sus frustraciones, en lo más profundo de su ser –aunque no fuese entonces consciente– realmente deseaba compartir su vida conmigo. Y lo hacia lo mejor que podía, a pesar de que para mi no había sido suficiente. Comprendiéndole a él me comprendí a mi misma.

No negaré que estuvimos muy cerca de divorciarnos. De hecho estuvimos separados una temporada hasta que, como fruto de una terapia de pareja continuada (a la que nos comprometimos los dos a petición desesperada de nuestro hijo mayor) nos dimos cuenta de que podíamos reconciliarnos, no ya solo por el bien de nuestros hijos, sino incluso por el nuestro propio. No todo estaba perdido. No era necesario tirarlo todo al cubo de la basura.

La clave estuvo en que ambos nos dimos cuenta con una sorprendente sincronicidad, que no podíamos seguir arrastrando –y cargando sobre el otro– nuestras personales y narcisistas expectativas vitales. Nos dimos cuenta, cada uno por su lado, de que nuestras frustraciones personales estaban arraigadas en el doble fondo herméticamente cerrado y oculto, hasta entonces , de nuestra amnésica y personal memoria, en nuestra mente subconsciente. Trasfondos dolorosos reprimidos de cuya limpieza era responsable cada uno por su cuenta.

Nos dimos cuenta de que vivir en pareja podía convertirse en la auténtica relación de complicidad que todas las mujeres (y muchos hombres!) soñamos, una relación con la que también poder crecer personalmente. Supimos que era posible amarnos. Cuando tomé conciencia de esto mi mente empezó a girar 180 grados y a reacomodarse…Empecé a darme cuenta de que muchas de mis expectativas no solo habían estado fuera de su alcance, sino que ningún hombre me las hubiera nunca podido satisfacer. Nadie salvo quizá...yo misma. La clave estaba en mi mente, en asumir mi gobierno sobre ella y destronar a la saboteadora interna que me había fabricado a mi medida. Darme cuenta de eso no fue nada fácil. Lo aseguro.

Desde entonces estamos renaciendo de nuestras personales y compartidas cenizas. No es fácil, lo garantizo, ser testigo de los vómitos emocionales de tu pareja, ni sobrellevar (y superar!) el miedo al ridículo ante ella, pero al menos estamos de acuerdo en que dejar de juzgarnos por nuestras debilidades y compartir las emociones, tal como nos prometimos en el altar, es el único camino para poder vivir en armonía y ser capaces de reirnos de nuestras vanidades cuando afloren. La alternativa a ello implicaba perpetuar la búsqueda infructuosa (y la lucha) allá donde fuésemos. Y eso era demasiado desgastante. Mejor optar por la libertad.

He descubierto el origen de mi narcisismo que me obligaba a pisar siempre a fondo el pedal de la exigencia y lo estoy exorcizando. Y me estoy perdonando por la insaciable autoexigencia que me impuse y que no dejaba que creciese la hierba allá por donde yo pasase. Levantar el pie del pedal ha repercutido sanamente en mi pareja que, debo decirlo, supo ver también en mi al espejo de su pasado y no huyó presa del pánico.

La sinceridad, sin duda, nos ha fortalecido. Afortunadamente nuestros hijos han sido testigos de nuestro esfuerzo personal por sanarnos. El patrón que ahora les ofrecemos es más sólido y estable. Lo han notado en todos los ámbitos (estudios, amistades, etc…). Ya no sentimos que el mundo está en perpetua deuda con nosotros. Hemos madurado y recuperado nuestra dignidad. Hemos atravesado un seismo que nos ha lanzado al vacío. Pero la crisis ha sido sanadora porque no hemos huido de ella. Derribadas nuestras máscaras hemos redescubierto el espíritu de aventura sin necesidad de cambiar de pareja. Más vale tarde que nunca…Es como si hubiéramos vuelto a casarnos, esta vez plenamente conscientes del paso que dábamos. De hecho hemos decidido volver a celebrar nuestro compromiso como si de un particular renacimiento se tratase. La ocasión, sin duda, lo merece.

Maria (59)] «Antes de casarme, pensaba que ser feliz significaba obtener aquello que uno quiere. He aprendido, después de treinta y siete años de matrimonio que ser feliz significa amar lo que la vida te presente en cada momento.»